Jueves, Septiembre 09, 2010
   
Text Size

Ricardo Legorreta

LA LUZ OCULTA

Por Aleida Galmiche.

El color, independientemente del matiz, tinte o saturación, brinda –en términos subjetivos- atmósfera. El uso del color en la obra de Ricardo Legorreta, más allá de la teoría del color, tiene otro efecto sobre la emotividad de la persona que visita sus construcciones. Despliega un poder de evocación, conciente o inconsciente, que lleva al visitante a sensaciones irrepetibles muchas veces indeterminadas. Es real el efecto catártico que toda creación artística posee. La arquitectura de Legorreta, en su diversidad, provoca este mismo efecto de purificador, emocional.

Las construcciones del arquitecto Legorreta poseen un magnetismo incentivo de permanencia, de evasión o presencia; parte del código primigenio de identificación, el signo visual y lo usa como herramienta evocativa. La memoria emocional, sensual del visitante se ve trastocada sin causa aparente.

¿Quién no ha pasado por una habitación o jardín que en apariencia no son extraordinarias pero “invitan” a jamás dejarlos? o, por el contrario ¿quién no ha tenido necesidad imperiosa de salir de cierto espacio invitado por una misteriosa hostilidad?

El Hotel Camino Real de la ciudad de México es, un ejemplo claro e inmediato. Un aparente espacio cerrado, enigmático desde el exterior. Es al interior una estructura laberíntica que, aunque incomprensible al visitante primerizo, provoca aislamiento del ajetreo de la ciudad. Sus jardines y salones brindan una atmósfera que invita a la estadía. Los tonos rosa y amarillo Legorreta —inconfundibles— estimulan diversos conceptos en el espacio; entre ellos el equilibro de esa luz, finalmente energía como la que cada ser humano emite y absorbe. Tal vez sea esta relación más física y espiritual que arquitectónica, la que afecta la intención, la emotividad del forastero que al cruzar el portal se siente mejor que en casa.

El color, como si cada rayo de luz le cediera espacio, calidez o frialdad da atmósfera. Frescura hospitalaria como en el Hotel Camino Real Ixtapa algunas veces; otras energía histórica, o paz hogareña arrullada por murmullos de lluvia permanente. Los colores autóctonos, tradicionales, las composiciones de piedra volcánica y los cactus que utiliza son evidentemente mexicanos, a la vez que universales.

Sentir el color, sería la expresión más próxima a la sensación que provocan. No un sentimiento de tacto o de vista que se regocija, no, ese placer va incluido en la primera aproximación e incluso en la fotografía, sea del Papalote Museo del Niño, la Biblioteca de San Antonio o la Catedral de Managua. Sentir en el sentido más abstracto de la expresión, sentir sin entrañas, sentir la pertenencia de ese espacio a la persona y de la persona al espacio aunque sea la primera vez en la vida que pone un pie en alguno de ellos.

El coloquio color, luz, emotividad de cada espacio transporta la mente a períodos vitales óptimos, sensaciones de bienestar y armonía casi amnióticos, a la vez que relumbrantes. Así, la luz de la obra arquitectónica de Ricardo Legorreta es, no sólo el efecto físico de la luz sobre los muros o ventanas, es la luz oculta del arte en perfecta simbiosis con la técnica, espacio cotidiano que se reinventa en la memoria social e individual renovada.

foto ricardo 1.jpg
foto ricardo 2.jpg
foto ricardo 3.jpg
foto ricardo 4.jpg
foto ricardo 5.jpg

Restore Default Settings